sábado, 25 de abril de 2009


CUADERNOS DE HISTORIA

MARXISTA

Entre el nacimiento de la clase obrera en Chile y su constitución como sujeto político. El “Congreso obrero” de 1885 y la Huelga general de 1890 como antecedentes históricos de la matanza de Santa María

Miguel Fuentes M.

Licenciado en Historia.

Estudiante de Licenciatura en Antropología

Con mención en Arqueología (IV año).

Universidad de Chile

1. Introducción

La matanza de la escuela Santa María no puede ser entendida sin una visión de conjunto acerca del periodo en que esta acontece. Aquella no es tan solo otro hecho de sangre que afectó a los trabajadores por esos años, o una manifestación más del encono con que se enseñaron las elites dirigentes y el ejército en contra de los sectores populares. Tampoco es simplemente otro ejemplo del valor y abnegación con que irrumpió la lucha de la clase obrera a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Es más, la matanza de Santa María no puede ser reducida a las causas particulares que la provocaron; entre otras, el desarrollo de la huelga en la pampa y su extensión a Iquique, la existencia de un aparato estatal oligárquico y de una elite que sentía escozor ante la más mínima amenaza del “populacho”, la acción decisiva de la oficialidad militar predispuesta a la represión, etc. Por el contrario, aquella hunde sus raíces en el encuentro de una importante cantidad de procesos históricos, los cuales llegaron a tener por aquel entonces una importancia decisiva. El desarrollo del primer ciclo industrializador, con uno de sus puntos neurálgicos en el norte salitrero y con el establecimiento de una rama económica capitalista-industrial plena (la minería del salitre), el avance del proceso de proletarización de la masa peonal en cierta ramas productivas y el nacimiento de algunos de los más tempranos destacamentos del proletariado minero, así como también la progresiva subordinación del aparato estatal al capital imperialista inglés y la manifestación de las primeras formas de la lucha de clases contemporánea, son algunos de dichos procesos. Es justamente uno de estos últimos, la constitución de la clase obrera como sujeto político, el que abordaremos en el presente artículo. Como trataremos de mostrar a continuación, pensamos que uno de los significados más profundos que tiene la matanza de la escuela Santa María tiene que ver, precisamente, con el encuentro, o más bien choque, entre el desarrollo de un nuevo protagonismo histórico, el de la clase obrera que nace a la vida política y que deviene en el eje de la organización y de la lucha de los sectores populares, por un lado, y la defensa acérrima que hicieron las elites dirigentes del orden liberal-conservador propio de aquellas décadas, por otro. De esta manera, la matanza se inscribe como uno de los puntos más álgidos de aquel enfrentamiento, adquiriendo el carácter de un hito fundacional de la lucha de clases moderna en nuestro país.

Fue hace algo más de un siglo cuando los trabajadores chilenos comenzaron a impulsar sus primeras experiencias de lucha. Por aquellos momentos, estos debieron cargar sobre sus hombros con los costos de la brutal imposición de la llamada “modernización mercantil”, así como también con la profundización de un régimen económico y político salvajemente liberal, contrario a satisfacer sus demandas más básicas. En este escenario, el movimiento obrero dio una serie de importantes pasos en el camino de su organización política. Sería justamente la convocatoria al “Congreso Obrero” del año 1885, y sobre todo la huelga general de 1890, lo que marcaría la entrada definitiva de la clase obrera como actor político nacional y como sujeto histórico.

2. El contexto del surgimiento de la clase obrera como sujeto político

El escenario económico, social y político de la segunda mitad del siglo XIX en nuestro país es uno de profundas transformaciones. Durante estás décadas, la sociedad chilena fue profundamente reconfigurada, y hasta cierto punto desgarrada, por una serie de importantes procesos de cambio. Dentro de estos, con directas implicancias para el surgimiento de la lucha y la organización del proletariado chileno, podemos mencionar los siguientes:

2.1 Industrialización parcial y constitución del proletariado moderno

En líneas generales, durante el siglo XIX se produce en Chile, por un lado, el establecimiento, y la consolidación tardía, de un sistema económico basado en la penetración (y en el control progresivo) del capital extranjero sobre las palancas fundamentales de nuestra economía. Así también, el impulso de un proceso de industrialización parcial de ciertas ramas productivas, alentada por el capital foráneo3. De esta manera, durante este periodo se produce en nuestro país la transición entre un modo de producción colonial a uno capitalista semi-colonial moderno.

Este proceso de industrialización, el cual tuvo lugar sobre todo a partir de los años 1870 y 1880, trajo como resultado una serie de importantes transformaciones que afectaron al conjunto de la estructura económica y social de aquel entonces. Efectivamente, dicho proceso constituyó uno de los más importantes antecedentes, además de otros como el de la peonización y proletarización generalizada de la fuerza de trabajo5, para el asentamiento de las condiciones históricas del desarrollo económico y social chileno desde aquellos días hasta el presente. Esto se tradujo, entre otras cosas, en la consolidación de un régimen económico mono-exportador de materias primas, así como, igualmente, en el surgimiento de la burguesía y de la clase obrera moderna6. Ahora bien, este proceso, si bien representó un importante impulso de las fuerzas productivas de nuestro país, se dio tan solo de manera parcial y selectiva. En realidad, de la mano de los intereses del capital extranjero, dicho proceso de industrialización terminó por acentuar el carácter dependiente de nuestra economía, desincentivando un proceso de industrialización pleno8. Sin embargo, aclarado el alcance parcial que tuvo por aquellos momentos aquel proceso industrializador (limitado tan solo a ciertos sectores del sistema productivo), es importante recalcar el hecho de que este proceso implicó el desarrollo de algunos sectores económicos claves. Entre aquellos, sobre todo, el del sector minero y metalúrgico, así como también el del rubro alimenticio (fundamentalmente cervecerías) y el de confección de artículos de cuero y calzado, entre otro.

Hacia las últimas décadas del siglo XIX se había producido en Chile, por tanto, un importante proceso de transformación capitalista, sobre todo en los sectores más dinámicos de la economía nacional. El creciente “peso específico” que fue obteniendo la naciente clase obrera en el sistema económico, al calor del afianzamiento del Capitalismo moderno y de la proletarización generalizada de la fuerza de trabajo, así como también la perdida de protagonismo social de otros sectores sociales, sobre todo del artesanado y del peonaje10, fueron así algunos de los aspectos en que dicha transformación se expresó más claramente. Es en este marco que hizo irrupción la lucha y la organización del proletariado chileno, trayendo consigo, como ya hemos dicho, una importante re-configuración de la lucha de clases en Chile. Una profunda ruptura histórica al nivel de la organización y los métodos de lucha de los sectores populares. Es decir, el surgimiento de un nuevo protagonismo social y político, el del proletariado como caudillo de la nación oprimida.

2.2 La profundización liberal de las condiciones de opresión de los sectores populares

Transversal a todo el siglo XIX, como contra-cara del asentamiento del régimen político liberal, así como también de la riqueza y del alto nivel de vida que exhibieron las minorías dominantes durante este periodo, fueron las condiciones de intensa explotación y opresión que afectaron al conjunto de los sectores populares. El hambre y la miseria de las ciudades y el campo, la elevadísima mortandad infantil, las enfermedades y las paupérrimas condiciones de vivienda, se dejaron sentir con fuerza, cotidianamente, en un vasto sector de la población chilena durante este periodo13. Esta situación, que comúnmente se ha denominado como la “cuestión social”, no fue sino la expresión de la brutal instauración de un régimen económico, social y político liberal ultra-autoritario, incapaz de asegurar los derechos sociales más básicos. De esta forma, hacia las últimas décadas del siglo XIX, el proceso de transición capitalista en curso, y dentro de aquel el desarrollo del proceso de industrialización parcial al que ya hemos hecho mención, lejos de significar una superación de las condiciones de opresión que el pueblo chileno había debido soportar hasta ese entonces, implicó (por el contrario) una preservación de las mismas. El nacimiento del sistema capitalista reprodujo de esta manera, y profundizó (de la mano del fortalecimiento del régimen político liberal, en el marco de las distintas guerras civiles del periodo), las más bestiales formas de explotación de clase. En poco tiempo, la naciente clase obrera heredó sobre sus hombros (de manera concentrada) el peso de la explotación y opresión histórica que había afectado al conjunto de los sectores populares en el pasado.

2.3 La resistencia del artesanado y de los sectores populares a la proletarización. La tradición política del mutualismo

Fue durante este periodo, de rampante explotación liberal, que los sectores populares; el artesanado en primer lugar, y la clase obrera posteriormente, levantaron sus primeras organizaciones políticas. Los primeros, influidos por el ideario liberal-democrático, planteándose el problema de la llamada “regeneración moral y espiritual del pueblo”. Los segundos, más tardíamente (y aunque en sus comienzos también influidos por el liberalismo), comenzando a enfrentar, de hecho, con sus propios métodos (la huelga obrera y la acción directa, entre otros), las bases mismas de la explotación capitalista y de la sociedad de clases. Como constata Illanes, el surgimiento del mutualismo fue un verdadero punto de ruptura que marcó el nacimiento del movimiento popular chileno a la vida política19. Esta tradición tendió a cuestionar, aunque sin llegar a quebrar totalmente con los intereses de los sectores dominantes, las ya viejas prácticas de instrumentalización política que acostumbraban implementar las elites criollas periódicamente: entre otras, la tradicional “convocatoria” y “movilización” del bajo pueblo, en pos de una u otra facción gobernante. Se puede afirmar, por tanto, que el mutualismo chileno, de carácter primordialmente artesanal, constituyó una de las primeras formas de organización política que se planteó hacer suyos, resistiendo el avasallante proceso de proletarización en curso, los intereses del conjunto de los sectores populares. Con el tiempo, esta tradición llegaría a tener una importancia fundamental (aunque altamente contradictoria) en los orígenes mismos de la lucha del proletariado chileno, representando así (más allá de los límites que le impuso su cercanía a la burguesía liberal y a su programa político) la primera forma de asociatividad política surgida en el seno del movimiento popular de nuestro país. De hecho, la importancia del mutualismo radica en que este no solo precedió a las demás formas de organización obrero y popular que se dieron en Chile a partir de ese entonces: entre otras, las sociedades filarmónicas de obreros, las mancomúnales y los sindicatos, sino además en que se transformó (entre las décadas de 1850 y la de 1880) en el eje articulador de la actividad política de los principales bastiones del movimiento popular por ese entonces. Durante este periodo, las figuras de Francisco Bilbao, Santiago Arcos, Laynez y Fermín Vivaceta, representaron de esta manera una de las expresiones más vivas del ideal de cambio de aquellos sectores que, influidos por el programa liberal-democrático, se ponían de pie para enfrentar a la oligarquía dominante. Sería tan solo a partir de 1870, y sobre todo a partir de la década de 1880, cuando la experiencia del mutualismo decantaría en el nacimiento de nuevas formas de organización social y política25. Estas últimas; por ejemplo, las mancomúnales y la Federación obrera, no solo llegarían a sintetizar en sí la tradición mutualista, tomando como propia su rica experiencia política, sino que la complementarían, superándola y, en forma cada vez más creciente, estableciendo una importante ruptura con aquella.

3. La década de 1880. La eclosión de la lucha y organización obrera en Chile

Ya desde la década de 1860 comienzan a desarrollarse las primeras experiencias de organización y lucha del proletariado chileno26. Al calor del proceso de industrialización de aquellos años, empiezan a proliferar las huelgas de obreros urbanos, las cuales adquieren una mayor magnitud y se vuelven cada vez más continuas. Posteriormente, durante la década de 1870, aparecen las primeras formas de coordinación permanente entre obreros y artesanos27. Sin embargo, es sobre todo a partir de la crisis económica de 1876 y la “Guerra del Pacífico”, cuando se produce un verdadero salto de la huelga y lucha obrera en nuestro país.

“El desarrollo de las organizaciones y luchas populares […] tuvo su principal punto de arranque en las transformaciones económicas resultantes de la expansión territorial hacia el norte (a expensas de Perú y Bolivia) y hacia el sur (a costa de los mapuches). La estructura social sufrió profundas modificaciones: la población urbana saltó del 27% en 1875 a alrededor del 38% en 1890; en las regiones sureñas, recientemente arrebatadas a los indígenas, surgió una nueva clase de propietarios agrícolas, más “moderna” y “burguesa”; en Tarapacá y Antofagasta se consolidaron importantes concentraciones proletarias (mineros, portuarios y obreros industriales) y también creció la clase obrera en las ciudades principales de la zona central. […] En segundo término, se debe señalar el efecto en la combatividad popular que causó el empeoramiento de sus condiciones de vida en los años posteriores a la Guerra del Pacífico. Como se recordará, la conflagración puso término a la crisis económica gracias a un nuevo dinamismo generado por las necesidades propias de la guerra. […] Sin embargo, la prosperidad de posguerra no alcanzó a beneficiar substancialmente a las clases laboriosas; una nueva crisis estalló […] los precios de las mercaderías, especialmente los de los artículos de primera necesidad, subieron en una proporción aún mayor”.

Consumado en varios sectores el proceso de proletarización29, la clase trabajadora comienza ahora a forjar sus primeras armas en la lucha de clases. Así, entre los años 1883 y 1890 empieza a tomar forma un potente ascenso del movimiento obrero a lo largo y ancho del territorio nacional. Proliferan por primera vez las huelgas, las cuales aumentan en una proporción casi geométrica. “[…] las huelgas obreras se desarrollaron con una asiduidad inédita en las ciudades, involucrando una gran variedad de sectores. Además de los tipógrafos, fleteros, lancheros, cigarreros, para quienes esta forma de lucha no constituía una novedad, recurrieron a ella los ferroviarios, panificadores, carreteros, cocheros, trabajadores de tranvías, obreros carrilanos y de otras obras públicas. Los conflictos más importantes en el ámbito urbano –tanto por su frecuencia como por sus repercusiones- fueron los protagonizados por los obreros portuarios, tipógrafos, panificadores y ferroviarios […] La proliferación de la actividad reivindicativa entre 1886 y 1889, que culminó con la huelga general en Tarapacá, Antofagasta y Valparaíso en julio de 1890, concernió a una gran variedad de gremios obreros, tanto a los que tenían tradición organizativa como a aquellos que daban sus primeros pasos en la lucha social organizada, sin contar aún con estructuras estables de organización. La característica común más frecuente de estos movimientos fue su tendencia a sobrepasar el marco de la empresa y a establecer coordinaciones a nivel de toda la ciudad, lo que redoblaba su fuerza y repercusión”31. Hacia finales de esta década, la huelga y las formas de lucha del joven movimiento obrero son ya comunes en todo el territorio. Aunque dispersas, sin formas de coordinación permanente, sin organizaciones sociales y políticas propias, y sin todavía poseer una estrategia independiente, la clase obrera comienza a nacer a la vida política. En un comienzo, esta hecha mano de lo que encuentra a su alcance para salir a la lucha. Efectivamente, aún sin la existencia de organizaciones sociales y política específicamente obreras, el proletariado se vale de las organizaciones mutualistas para unificarse. Estas comienzan a ejercer, en la práctica, las funciones propias de un sindicato. Surgen así las primeras coordinaciones de huelga. Estas últimas, junto con permitir la unificación de algunos conflictos obreros, tienden a empalmar con la lucha y las reivindicaciones de otros sectores sociales; por ejemplo, la del artesanado y, sobre todo en el sector minero, con la del peonaje. Sin poseer todavía una conciencia de clase plenamente constituida, el movimiento obrero empieza de esta manera a tomar como propias las reivindicaciones de los sectores populares en su conjunto, planteando así la posibilidad de su constitución como actor protagónico de la lucha de clases; es decir, como caudillo de la nación oprimida.

En este escenario, dos experiencias marcarán la entrada definitiva de la clase obrera en la escena política nacional, su constitución como sujeto histórico. Estas serían la convocatoria al Congreso obrero de 1885, por haber sido una de las primeras instancias de coordinación obrera a nivel nacional, y la huelga general de 1890, por el profundo impacto que esta tuvo en el desarrollo de la lucha de clases del periodo.

4. El Congreso obrero de 1885 y la huelga general de 1890. El nacimiento de la clase obrera como sujeto político nacional

Como habíamos dicho, entre los años 1883 y 1890 comienza a desarrollarse un importante ascenso de la lucha obrera en nuestro país. Es al calor de las huelgas de este periodo que el movimiento obrero empieza a discutir la necesidad de la unificación nacional de sus demandas. Esta importante discusión se tradujo pronto, al nivel de las distintas organizaciones obreras y populares que existían dispersas a lo largo del país, en una serie de iniciativas tendientes a buscar la unidad de las mismas. Entre estas, la más importante fue la convocatoria al “Congreso Obrero” del año 1885. Este último habría de constituirse, con el pasar del tiempo, en uno de los más importantes precedentes para la creación de otras instancias de unificación obrera; entre otras, por ejemplo, la “Asamblea Obrera de la Alimentación Nacional” (AOAN) y la “Federación Obrera de Chile” (FOCH), nacidas durante las primeras décadas del siglo XX.

Con respecto a la convocatoria, realización y resultados de este congreso, el cual apuntó a la formación de una coordinación permanente entre las sociedades obreras y artesanales de todo el país, Grez nos indica lo siguiente:

“[…] A mediados de los años ochenta, “La Unión” [se refiere a La Unión de Santiago, la principal y más prestigiosa de las mutuales chilenas] propuso la idea de organizar un “Congreso Obrero” donde debatir los medios para proteger los intereses de los trabajadores. El proyecto fue bien acogido en el mundo asociativo y la reunión pudo concretarse el 20 y 21 de septiembre de 1885 en los locales de la Sociedad Filarmónica José Miguel Infante de Santiago. Estuvieron presentes delegados de las sociedades de artesanos y obreros de Chillán, Valparaíso, San Fernando, Rancagua, Talca, Antofagasta, Concepción y Santiago. Otras organizaciones, como la mutual de Copiapó, no enviaron delegados, pero dieron a conocer su adhesión. El evento fue ampliamente representativo del movimiento popular. Sus conclusiones comprendían una vasta gama de aspectos sociales, económicos y reivindicativos, subrayándose la necesidad de la unificación del movimiento”. Igualmente, entre los objetivos más importantes que se planteó el congreso obrero de 1885, estos: “preveían [entre otras cosas] “la celebración de pactos recíprocos y generales entre todas las sociedades que persigan un mismo objeto”, y “la publicación de un diario o periódico que sirva de órgano de los obreros, debiendo todas las instituciones contribuir para sus sostenimiento”.

Finalmente, una de las características más importantes de la realización de este congreso fue la decisión de sus participantes por darle continuidad, planteando así la necesidad de la creación de un órgano estable de representación de los intereses del naciente movimiento obrero.“La voluntad de seguir avanzando hacia la unificación de la acción de las asociaciones populares se expresa a través del nombramiento de una directiva que funcionaría en Santiago con el encargo de aplicar las conclusiones del Congreso, de permanecer en contacto con todas las instituciones y con poder de convocar a un nuevo evento cuando lo estimase necesario o a solicitud de a lo menos cinco sociedades”.

La relevancia que tuvo la convocatoria al “Congreso obrero” de 1885 tiene que ver así con que el movimiento obrero se planteó, por primera vez, la necesidad de unificarse para poder dar solución a los principales problemas que aquejaban al conjunto de los sectores populares. El proletariado chileno daba con esto, como en otras partes del mundo por este mismo periodo, un importante paso en el camino de su desarrollo político de clase. La huelga general de 1890 consolidaría este avance, dándole una perspectiva superior.

Ciertamente, esta huelga general, la primera en América Latina40, fue una de las experiencias más importantes de la lucha de clases en nuestro país durante el siglo XIX. Entre los factores que explican el estallido de la misma, la cual se extendió durante el mes de Julio de 1890 por Tarapacá, Antofagasta Valparaíso, podemos mencionar los siguientes. Por un lado, la desvalorización de los salarios y los efectos de la crisis económica mundial de los años 1873-96 (caída del precio internacional del salitre). Por otro, el desarrollo de una importante división política en el seno de los sectores dominantes, así como también la generalización de las protestas obreras; entre otras, las que tenían por objetivo protestar en contra del sistema de pago en fichas. “La crisis política que sacudía al país hacía mediados de ese año fue el elemento catalizador del descontento obrero. La prueba de fuerza entre el Congreso y el Ejecutivo brindó a los trabajadores la oportunidad para lanzar una ofensiva reivindicativa sin precedentes en la historia de Chile. […] Las causas profundas del movimiento que estalló a comienzos de Julio en la provincia de Tarapacá se encontraban en el régimen de ficha-salario y en la depreciación constante del papel moneda con el que eran remunerados ciertos gremios como los jornaleros, los lancheros y los fleteros del puerto de Iquique. La crisis política, las decisiones contrapuestas de los poderes Ejecutivo y Legislativo y la manipulación de la protesta obrera a la que se entregaron ambos bandos, no fue sino el telón de fondo o, si se quiere, el elemento catalizador, la brecha por donde se manifestó el intenso malestar del pueblo pobre ante el cual se exhibía el espectáculo del creciente enriquecimiento del Estado y de las clases dirigentes gracias al boom del salitre”.

En este contexto, al calor de una serie de luchas sectoriales, estalla una primera oleada huelguística en Iquique y en las salitreras tarapaqueñas. El 2 de Julio, el gremio de los lancheros, exigiendo el aumento del valor de su trabajo, el pago en monedas de plata o billetes corrientes, se declara en huelga e impide las faenas de carga y descarga, incitando a los demás trabajadores a unirse a esta última. A partir de este momento, a la acción de los manifestantes en las calles, solidarios con la huelga (los cuales impiden el funcionamiento de bancos, casas de comercio, fábricas y transportes), se suma el paro de los operarios de las oficinas de salitre de la pampa, los que comienzan a dirigirse a Iquique para protestar46. Así también, el paro de los fleteros y otros sectores, quienes paralizan totalmente la ciudad.

“El pánico cundió en el comercio y los bancos, los que cerraron sus puertas y obtuvieron vigilancia especial de la policía. Las autoridades locales adoptaron medidas de urgencia: se acuartelaron los bomberos y el intendente Blest Gana publicó una enérgica declaración […] Las demostraciones de los huelguistas, a los que se unieron numerosos individuos del pueblo, se sucedieron todo el día: al atardecer unas ocho mil personas se encontraban en la plaza Prat, produciéndose enfrentamientos entre los granaderos que lograron disolver a algunos grupos más combativos, resultando varios heridos”.

Durante los días 4 y 5 de Julio, la huelga se extiende a varios sectores. Carretoneros, cocheros, panaderos, centenares de huelguistas de la pampa y simpatizantes de las barriadas populares, así como los trabajadores del ferrocarril y del gremio de los jornales, los cargadores y los carreteros de mina, los peones de recoba y los carpinteros, se declaran en huelga. La movilización de los trabajadores y los métodos de acción directa se multiplican. Algunos periódicos patronales como La Voz de Chile son apedreados durante horas. Entre tanto, la situación del interior era “[…] mucho más inquietante. El 6 de Julio, el subdelegado de Huantajaya había comunicado al Intendente que los trabajadores del mineral de su localidad se habían declarado en huelga exigiendo el pago en plata fuerte o su equivalente en billetes. Al día siguiente, se anunció que las oficinas salitreras de San Donato había sido quemada y las Tres Marías, Rosario y Ramírez, saqueadas, resultando muerto el pulpero de Las Tres Marías y varios heridos. De inmediato, las autoridades locales de Iquique mandaron por mar cincuenta soldados de refuerzo Pisagua y pidieron otros a Tacna. Al mismo tiempo, los huelguistas de Huantajaya y Santa Rosa bajaron a Iquique con banderas”.

Durante estos momentos, la huelga se masifica, obteniendo además una primera conquista. Una serie de importantes concesiones que debieron hacer los sectores patronales hacia las demandas obreras. A la vez, el gobierno empieza a preparar una salida de fuerza. Indeciso aún, comienza a desplegar una importante cantidad de tropas, en vistas a una posible radicalización del conflicto. Para el 7 de Julio, la huelga se había extendido ya por la pampa y amenazaba a varias oficinas salitreras que aún no se habían plegado, las cuales debieron ser reforzadas con seguridad militar. Los métodos de violencia obrera se extienden por la región, varias salitreras son incendiadas. Muchas pulperías e instalaciones mineras, destruidas. “Desde Santa Catalina se comunicaba a Iquique, el 9 de Julio, que un grupo de doscientos o más hombres había saqueado el comercio de la estación Zapiga y las pulperías de la salitrera y que, al intentar quemar la estación de ferrocarril, habían sido recibidos a balazos por el jefe y vecinos armados, muriendo seis de la turba y dispersándose. Las llamas de rebelión abrasaban toda la pampa”.

Es solo a partir del jueves 10, después de que la huelga se extendiera a otras ciudades como Antofagasta, cuando las negociaciones entre patrones y obreros, las demostraciones de fuerza de las tropas y las mediaciones de los comisionados gubernamentales, comienzan a debilitar el proceso huelguístico. Aún así, hacia el 21 de Julio, la huelga se extiende a Valparaíso. A la huelga de los lancheros y fleteros de la Compañía Sudamericana de Vapores, se sumaron prontamente las de varios sectores obreros y populares, paralizando completamente la ciudad. Entre las provincias del interior, panaderías de Quillota y Limache también adhirieron a la huelga. Sin embargo, a pesar de lo anterior, la huelga no alcanzó a extenderse finalmente a Santiago, concluyendo unos pocos días más tarde.

5. Conclusiones

El estallido de la huelga general de 1890 y la convocatoria al “Congreso Obrero” de 1885 son el producto de un importante proceso de acumulación de fuerzas y de experiencia política. A la vez, sobre todo la huelga general de 1890, marcaron el nacimiento definitivo de la clase obrera como actor político nacional, como dijimos, el surgimiento de su protagonismo histórico. Dicha huelga, y el proceso de ascenso obrero y popular de aquel periodo, significó también la continuidad, a la vez que ruptura y superación, de las formas de lucha y organización que los sectores populares habían levantado hasta ese entonces. En este sentido, si el nacimiento del mutualismo, de carácter esencialmente artesanal, marcó el nacimiento de los sectores populares chilenos a la vida política, la huelga general de 1890 planteó, con la irrupción de la clase obrera devenida en el eje articulador de estos últimos, un nuevo punto de inflexión en la historia de la lucha de clases. La centralidad social del pequeño productor y su programa político característico: entre otras cosas, el proteccionismo económico y la industrialización, así como también las más distintas expresiones de rebeldía peonal, comenzaron de esta manera a ser superadas por el advenimiento de las formas de lucha propias del proletariado. Comenzaba así el camino hacia la independencia de la organización política de los sectores populares. Y es que si el artesanado, y el peonaje, habían sido incapaces (por su respectiva condición de clase en el proceso histórico) de romper con la hegemonía política del ideario de la burguesía democrática, el movimiento obrero comenzaba por estos años, por el contrario, a dar una serie de decididos pasos en aquella dirección. Tempranamente, los métodos de lucha de la clase obrera se revelaron como una amenaza de la propiedad privada y de la legalidad burguesa. ¿Qué mejor ejemplo de esto que la respuesta represiva del Presidente Balmaceda, reconocido por su ideario “progresista”, ante la expansión y radicalización de la huelga general de 1890? A fines del siglo XIX, el avance de la organización y la lucha de la clase obrera tomaban de esta forma un cariz mucho más amenazante para el dominio de las elites dirigentes que el que había adquirido, con anterioridad, tanto la acción del artesanado como las expresiones de rebeldía social asociadas al peonaje.

En definitiva, fue en este periodo de “transición en las formas de lucha” en el cual deben ser enmarcados los sucesos de la matanza de 1907. Como hemos dicho, la constitución del proletariado a nivel nacional y el desarrollo de sus propios métodos de clase, los cuales tendían a amenazar de raíz la existencia del orden burgués, además de la necesidad imperiosa de las clases gobernantes por conjurar dicho peligro, se encuentran así en la base misma del desarrollo de los sucesos de la escuela Santa María. Sin todavía entrever otro camino para enfrentar la creciente presión de los sectores obreros y populares, como el que emprenderían más tarde los sectores dirigentes a partir del gobierno de Alessandri (con las primeras reformas democratizadoras del aparato estatal), las elites criollas, siguiendo una vieja costumbre, optaron por arremeter “a sangre y fuego” en contra de quiénes osasen cuestionar su dominio. De alguna manera, tenían razón. La amenaza era seria. Tan solo un tiempo después, el movimiento obrero terminaría de cortar el cordón umbilical del ideario liberal-democrático, poniendo en pie sus primeras organizaciones y partidos de clase. Con la creación de la “Asamblea Obrera de la Alimentación Nacional”, el origen de la FOCH y la fundación del Partido Comunista (afiliado a la III Internacional de Lenin y Trotsky), así como a partir de la adopción de la estrategia política de la independencia de clases y del Marxismo, la clase obrera daría cuenta de aquella trascendental ruptura. Pero la burguesía, y el régimen capitalista de conjunto, no se quedarían de brazos cruzados. Aprenderían de este primer enfrentamiento, y forjarían nuevas armas para el combate: entre otras, el surgimiento del régimen democrático moderno y de los partidos burgueses de masas, la estatización de los sindicatos y la coaptación legalista del movimiento obrero. No estarían solos, contarían con la pronta colaboración de la tradición política del reformismo y de la conciliación de clases, esta vez en el seno de las mismas organizaciones y partidos que la clase obrera había creado. Comenzaría así una nueva fase histórica de la lucha de clases moderna en Chile, distinta a aquella fundacional de la cual la masacre de Santa María había sido uno de sus más importantes hitos. Una nueva etapa para el desarrollo de la experiencia política del movimiento obrero, con nuevos desafíos y obstáculos, distintos y en gran medida más avanzados que los anteriores.

Para dar cuenta de esto último bastaría con remitirnos al ideario (liberal-democrático) de las principales organizaciones mutualistas del periodo.

61 Grez, S., De la regeneración del pueblo…, op. cit.

62 Grez, S., “Transición en las formas de lucha…”, loc. cit.

63 Entre otros, algunos ejemplos de estas formas de organización y lucha obrera, de calidad muy superior a las impulsadas anteriormente por el artesanado o el peonaje, se pueden encontrar, justamente, al calor de la realización de la poderosa huelga salitrera de 1907 en Iquique. Para una revisión de este proceso huelguístico, ver Devés Eduardo, 1989. Los que van a morir te saludan. Historia de una masacre: Escuela Santa María, Iquique, 1907. Ediciones LOM. Santiago. Elizondo Pedro, 1993. Santa María de

Iquique 1907. Documentos para su historia. Ediciones del Litoral. Santiago. Igualmente: Grez Sergio, 2007. Los anarquistas y el movimiento obrero: la alborada de “la Idea” en Chile, 1893-1915. LOM Ediciones. Santiago.

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Manuel cabalga de nuevo Como un rayo persistente Manuel cabalga de frente Con los brillos del renuevo Manuel busca su relevo Y la Patria reinaugura Manuel Rodríguez perdura En su combate inicial Suma y sigue en el total De la nación dulce y dura Manuel cabalga en el cielo Por el espacio infinito Manuel es ancho distrito Horizonte en pleno vuelo Manuel es todo el revuelo La rebeldía constante El futuro con el antes El antes con el después Manuel cabalga otra vez Decidido y arrogante.