LO QUE TODO
REVOLUCIONARIO DEBE
SABER SOBRE
Segunda Parte y Final
"¿Estará esto de acuerdo con las reglas de la conspiración?" (15)
El código de la conspiración tuvo en Rusia, entre los grandes enemigos de la autocracia y del capital, teóricos y
prácticos destacados. Estudiarlo a fondo seria de gran utilidad. Debe contener las reglas más sencillas, precisamente
aquellas que, a causa de su sencillez, se olvidan a menudo.
Gracias a esta ciencia de la conspiración, los revolucionarios pudieron vivir ilegalmente en las capitales rusas
durante meses y años. Eran capaces de convertirse, según lo exigiera el caso, en comerciantes viajeros, en cocheros,
en "extranjeros adinerados", en sirvientes, etc. En todos estos casos era indispensable que dominaran
sus papeles. Para volar el Palacio de Invierno, el obrero Stepán Jalturin estudió durante semanas la vida de los
obreros que trabajaban regularmente en el palacio.(16) Kaliáev, para vigilar a Plehve en Petrogrado, se hizo cochero.
Lenin y Zinóviev, acorralados por la policía de Kerensky, lograron refugiarse en Petrogrado y sólo salían
maquillados. Lenin fue obrero fabril.
La acción ilegal, a la larga, crea hábitos y una mentalidad que se puede considerar como la mejor garantía contra
los métodos policíacos. ¿Qué policías talentosos, qué pícaros hábiles se podrán comparar con los revolucionarios
seguros de si mismos, circunspectos, reflexivos y valientes que obedecen una consigna común?
Cualquiera que sea la perfección de los métodos empleados para vigilar a los revolucionarios, ¿no se encontrará
siempre en los movimientos y en las acciones de éstos una incógnita irreductible? ¿No aparecerá siempre, en
las ecuaciones más cuidadosamente elaboradas por el enemigo, una enorme y temible X? ¿Qué traidor, soplón
o sabueso sagaz descifrará la inteligencia revolucionaria? ¿quién medirá el poder de la voluntad revolucionaria?
Cuando se tiene a favor las leyes de la historia, los intereses del futuro, los requerimientos económicos y morales
que conducen a la revolución cuando se sabe con certeza lo que se quiere, las armas propias y las del enemigo;
cuando se ha elegido la acción ilegal; cuando hay confianza en uno mismo y sólo se trabaja con aquellos
en los cuales se tiene confianza; cuando se sabe que la obra revolucionaria exige sacrificios y que toda devota
semilla fructificará centuplicada, entonces se es invencible.
La prueba es que los miles de expedientes de
maravillosas gráficas de sus técnicos, las obras de sus científicos, todo este mirífico arsenal está ahora en ma
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nos de los comunistas rusos. Los policías, un día de disturbios, huyeron entre el griterío de la muchedumbre; a
los que se logró agarrar por el pescuezo se les zambulló, definitivamente en los canales de Petrogrado; en su
mayoría los funcionarios de
la misma suerte. Y un día, un poco para ilustrar a los camaradas extranjeros, reunimos en una especie
de museo cierto número de piezas particularmente curiosas, tomadas de los archivos secretos de
del imperio... Nuestra exposición se realizó en una de las salas más bellas del Palacio de Invierno; los visitantes
podían hojear, junto a una ventana situada entre dos columnas de malaquita, el libro de registro de la fortaleza
de Pedro y Pablo, la tenebrosa Bastilla del zar, sobre cuyos viejos torreones se veía, del otro lado del Neva,
ondear la bandera roja.
Aquellos que lo vieron saben que la revolución es invencible aun antes de vencer.
2. EL PROBLEMA DE
I. Jamás ser ingenuo
Sin una visión clara de este problema, el conocimiento de los métodos y procedimientos policiales no tendría
ninguna utilidad práctica.
El fetichismo de la legalidad fue y sigue siendo uno de los rasgos característicos del socialismo favorable a la
colaboración de clases. Lo cual conlleva la creencia en la posibilidad de transformar el orden capitalista sin entrar
en conflicto con sus privilegiados. Pero esto más que indicio de un candor poco compatible con la mentalidad
de los políticos, lo es de la corrupción de los líderes. Instalados en una sociedad que fingen combatir, recomiendan respeto a las reglas del juego. La clase obrera no puede respetar la legalidad burguesa, salvo que
ignore el verdadero papel del Estado, el carácter engañoso de la democracia; en pocas palabras, los principios
básicos de la lucha de clases.
Si el trabajador sabe que el Estado es un haz de instituciones destinadas a defender los intereses de los propietarios contra los no propietarios, es decir, a mantener la explotación del trabajo; que la ley, siempre promulgada por los ricos en contra de los pobres, es aplicada por magistrados invariablemente tomados de la clase dominante; que invariablemente la ley es aplicada con un riguroso espíritu de clase; que la coerción -que comienza con la pacífica orden del agente de policía y termina con el golpe de la guillotina, pasando por presidios y penitenciarías, es el ejercicio sistemático de la violencia legal contra los explotados, ese trabajador no puede ya considerar la legalidad más que como un hecho, del cual se deben conocer los diversos aspectos, sus diversas aplicaciones, las trampas, las consecuencias -y también las ventajas- de las cuales deberá sacar partido alguna vez, pero que no debe ser frente a su clase más que un obstáculo puramente material. ¿Es necesario que demostremos el carácter antiproletario de toda legalidad burguesa? Podría ser. En nuestra desigual lucha contra el viejo mundo, las demostraciones más sencillas deben hacerse una y otra vez. Nos bastará mencionar brevemente un número de hechos bastante conocidos. En todos los países, el movimiento obrero ha debido conquistar, a fuerza de combates prolongados por más de medio siglo, el derecho de asociación y de huelga. Este derecho aún no es reconocido, en la misma Francia, a los trabajadores del Estado y a los de las empresas consideradas de utilidad pública (¡como si no lo fueran todas!), tales como los ferroviarios.
En los conflictos entre el capital y el trabajo, el ejército siempre ha intervenido contra el trabajo; nunca contra el capital. En los tribunales, la defensa de los pobres es poco menos que imposible, a causa de los gastos de toda acción judicial; en realidad, un obrero no puede ni intentar ni sostener un proceso. La inmensa mayoría de delitos y crímenes tiene por causa directa la miseria y entra en la categoría de atentados a la propiedad.
Las prisiones están pobladas de una inmensa mayoría de pobres. Hasta la guerra, en Bélgica, existía el sufragio censual: un capitalista, un cura, un oficial, frente a un solo abogado que contrabalanceaba los votos de dos o tres trabajadores, según el caso. En el momento en que escribimos se trata de restablecer el sufragio censual en Italia.
Respetar esta legalidad es cosa de tontos.
Sin embargo, desdeñarla no sería menos funesto. Sus ventajas para el movimiento obrero son tanto más reales
cuanto menos ingenuo se es. El derecho a la existencia y a la acción legal es, para las organizaciones del
proletariado, algo que se debe reconquistar y ampliar constantemente. Lo subrayamos porque la inclinación opuesta al fetichismo de la legalidad se manifiesta a veces entre los buenos revolucionarios, inclinados -por una
especie de tendencia al menor esfuerzo en política (es más fácil conspirar que dirigir una acción de masas)- a
cierto desdén por la acción legal. Nos parece que, en los países donde la reacción todavía no ha triunfado destruyendo las conquistas democráticas del pasado, los trabajadores deberán defender firmemente su situación
legal, y en los otros países luchar por conquistarlas. En la misma Francia, la libertad de que goza el movimiento
obrero necesita ser ampliada, y lo será sólo mediante la lucha. El derecho de asociación y de huelga es todavía
negado o discutido a los funcionarios del Estado y a ciertas categorías de trabajadores; la libertad de manifestación es mucho menor que en los países anglosajones; las avanzadas de la defensa obrera todavía no han conquistado la calle y la legalidad como en Alemania y Austria.
II. Experiencia de posguerra: no dejarse sorprender
Durante la guerra se vio a todos los gobiernos de los países beligerantes sustituir las instituciones democráticas
por la dictadura militar (estado de sitio, supresión práctica del derecho de huelga, prórroga y receso de los parlamentos, omnipotencia de los generales, régimen de consejos de guerra). Las necesidades excepcionales de la defensa nacional les proporcionaban una justificación plausible. Desde que al acabar la guerra la marejada roja surgida de Rusia se desbordó por toda Europa, casi todos los Estados capitalistas -combatientes esta vez en la guerra de clases_, amenazados por el movimiento obrero, trataron como "papeluchos" los textos antes sagrados de sus propias legislaciones.
Los Estados bálticos (Finlandia, Estonia, Lituania, Letonia) y Polonia, Rumania, Yugoslavia, fraguaron contra la clase obrera leyes pérfidas no disfrazadas por ninguna hipocresía democrática. Bulgaria perfeccionó los efectos de su legislación canallesca con violencias extralegales. Hungría, Italia, España se contentaron con abolir, en lo tocante a obreros y campesinos, todo tipo de legalidad. Más cultivada, mejor organizada, Alemania estableció, sin recurrir a leyes de excepción, un régimen que podríamos llamar de terrorismo judicial y policíaco. (1) Los Estados Unidos aplican brutalmente sus leyes sobre el "sindicalismo criminal", el sabotaje y... ¡espionaje! : miles de obreros fueron detenidos en virtud de un espionnage act promulgado durante la guerra contra los súbditos alemanes que habitaban en los EE UU.
No quedan en Europa más que los países escandinavos, Inglaterra, Francia y algunos pequeños países donde el movimiento obrero todavía goza del beneficio de la legalidad democrática. Se puede afirmar, sin temer ser desmentido por los acontecimientos, que con la primera crisis social realmente peligrosa este beneficio le será retirado irrestricta y vigorosamente. Indicios muy precisos reclaman nuestra atención. En noviembre de 1924, las elecciones británicas se hicieron sobre la base de una campaña anticomunista, en la que una falsa carta de Zinóviev, pretendidamente dirigida al partido laborista inglés e interceptada por un gabinete negro, proporcionaba la prueba de convicción principal. En Francia se trató en varias oportunidades de disolver
Ahora bien, para un partido revolucionario, dejarse sorprender por ser puesto fuera de la ley sería tanto como
desaparecer. Por el contrario preparar el funcionamiento ilegal es tener la certeza de sobrevivir a todas las medidas de la represión. Tres ejemplos impresionantes, tomados de la historia cercana, ilustran esta verdad.
1. Un gran partido comunista que se deja sorprender al ser ilegalizado:
El PC de Yugoslavia, partido de masas, que contaba, en 1920, con más de 120 mil miembros y con 60 diputados
en
2. Un partido comunista que es destruido a medias:
El Partido Comunista Italiano estaba obligado, desde antes de la subida de Mussolini al poder, a una existencia más que semi-ilegal como consecuencia de la persecución fascista. La furiosa represión -4000 detenciones de obreros en la primera semana de 1923- no logró quebrar en ningún momento al PCI, que, por el contrario, fortificado y ampliado, pasó de tener 10 000 miembros en
3. Un gran partido comunista que no es sorprendido en absoluto:
A finales de 1923, después de los aprestos revolucionarios de octubre y de la insurrección de Hamburgo, el PC alemán es disuelto por el general von Seeckt. Provisto desde hacía mucho de flexibles organizaciones ilegales, logra continuar, sin embargo, su existencia normal. El gobierno debe muy poco después reconsiderar una medida cuya inanidad resulta evidente. El PC alemán sale de la ilegalidad con sus efectivos tan poco golpeados, que logra en las elecciones de 1924 más de tres millones y medio de votos.
III. Los límites de la acción revolucionaria legal
La legalidad, por lo demás, tiene, en las democracias capitalistas más "avanzadas", límites que el proletariado no puede respetar sin condenarse a la derrota. La propaganda en el ejército, necesidad vital, no es legalmente tolerada. Sin la defección de por lo menos una parte del ejército, no hay revolución victoriosa. Esta es la ley de la historia. En todo ejército burgués, el partido del proletariado debe hacer nacer y cultivar tradiciones revolucionarias, poseer organizaciones ramificadas, tenaces en el trabajo, más vigilantes que el enemigo. La más democrática de las legalidades no tolerarla en absoluto la existencia de comités de acción donde precisamente son necesarios: en los nudos ferroviarios, en los puertos, en los arsenales, en los aeropuertos. La más democrática de las legalidades no tolera la propaganda comunista en las colonias: como prueba, la persecución de los militantes hindúes y egipcios por las autoridades inglesas; e igualmente el régimen de provocaciones policíacas instituido por las autoridades francesas en Túnez. En fin, no es necesario decir que los servicios de enlace internacionales deben siempre ser sustraídos a la curiosidad del espionaje estatal.
Nadie ha sostenido con más firmeza que Lenin -en la época de la fundación del partido bolchevique ruso y más tarde, durante la fundación de los partidos comunistas europeos- la necesidad de la organización revolucionaria ilegal. Nadie ha combatido más el fetichismo de la legalidad. En el II Congreso de
(Bruselas-Londres, 1903) la división de mencheviques y bolcheviques se asentó principalmente sobre la cuestión de la organización ilegal. La discusión del primer párrafo de los estatutos fue el motivo. L. Mártov, quien habría de ser durante 20 años el líder del menchevismo, quería concederle la calidad de Miembro del partido a cualquiera que le prestara servicios a éste (bajo el control del partido), es decir, en realidad a los simpatizantes, numerosos sobre todo en los medios intelectuales, que se esforzarían a no comprometerse al punto de colaborar en la acción ilegal. Con brusquedad, Lenin sostuvo que para pertenecer al partido era necesario "participar en el trabajo de una de sus organizaciones" (ilegales). La discusión parecía excesivamente puntillosa. Pero Lenin tenía una inmensa razón. No se puede ser la mitad o una tercera parte de un revolucionario. El partido de la revolución debe aprovechar, es cierto, toda contribución; pero no puede contentarse con recibir, de parte de sus miembros una vaga simpatía, discreta, verbal, inactiva. Aquellos que no consienten en arriesgar por la clase obrera una situación material privilegiada, no deben estar en situación de ejercer una influencia determinante en el interior del partido. La actitud respecto a la ilegalidad fue para Lenin la piedra de toque que le sirvió para diferenciar a los verdaderos revolucionarios de los... otros.(3)
IV. Policías privadas
Deberá tenerse en cuenta otro factor: la existencia de policías privadas, extralegales, capaces de proporcionar a la burguesía excelente manos armadas a sueldo.
Durante el conflicto mundial, los servicios de información de
Es muy poco probable que todas las formaciones reaccionarias inspiradas en el fascio italiano posean servicios de espionaje y de policía.
En Alemania, las fuerzas vitales de la reacción se concentran, desde el desarme oficial del país, en organizaciones más que semisecretas. La reacción ha comprendido que, incluso en los partidos secundados por el Estado, la clandestinidad es un recurso precioso. Se comprende que todas estas organizaciones asumen contra el proletariado más o menos las funciones de una policía oculta.
En Italia, el partido fascista no se contentó con disponer de la policía oficial. Tiene sus propios servicios de espionaje y contraespionaje. Por todas partes diseminó sus soplones, sus agentes secretos, sus provocadores, sus esbirros. Y fue esta mafia, a la vez policial y terrorista, la que "suprimió a Matteoti, además de muchos otros.
En los Estados Unidos, la participación de las policías privadas en los conflictos entre el capital y el trabajo ha tomado una amplitud temible. Las oficinas de célebres detectives privados proporcionan a los capitalistas soplones discretos, expertos provocadores, riflemen (tiradores de élite), guardias, capataces y también "militantes de trade unions" placenteramente corrompidos. Las compañías de detectives Pinkerton, Burns y Thiele poseen 100 oficinas y cerca de 10.000 sucursales; emplean, según se dice, 135.000 personas. Su presupuesto anual se calcula en 65 millones de dólares. Estas firmas son las creadoras del espionaje industrial, del espionaje en la fábrica, en el taller, en los astilleros, de oficina, de todo lugar donde trabajen asalariados. Han creado el prototipo del obrero soplón.(5)
Un sistema análogo, denunciado por Upton Sinclair, funciona en las universidades y en las escuelas de la gran democracia cantada por Walt Whitman.
V. Conclusiones
Resumiendo: el estudio del mecanismo de
Frente a este sagaz adversario, poderoso y disimulado, un partido obrero carente de organizaciones clandestinas, un partido que no oculta nada, hace pensar en un hombre desarmado, sin abrigo, situado en la mira de un tirador bien parapetado. La seriedad del trabajo revolucionario no puede habitar una casa de cristal. El partido de la revolución debe organizarse para evitar lo más posible la vigilancia enemiga; con el fin de ocultar absolutamente sus resortes más importantes; con el fin, en los países todavía democráticos de no estar a merced de un bandazo a la derecha de la burguesía o de una declaración de guerra;(6) con el fin de inculcar a nuestros camaradas hábitos de acuerdo a tales necesidades.
3. CONSEJOS SENCILLOS AL MILITANTE
Los grandes bolcheviques rusos se califican gustosos como "revolucionarios profesionales". A todos los verdaderos artífices de la transformación social, esta calificación les va perfectamente. Excluye de la actividad revolucionaria el diletantismo, el amateurismo, el deporte, la pose; sitúa definitivamente al militante en el mundo del trabajo, donde no se trata de "actitudes", ni de la naturaleza más o menos interesante de las tareas, ni del placer espiritual y moral de tener ideas "avanzadas". El oficio (o la profesión) llena la mayor parte de la vida de los que trabajan. Saben que es cosa seria, de la cual depende el pan cotidiano; saben también, más o menos conscientemente, que de ellos depende toda la vida social y el destino de los hombres. El oficio de revolucionario exige un largo aprendizaje, conocimientos puramente técnicos, amor a la tarea tanto como entendimiento de la causa, los fines y los medios. Si, como es frecuente, se superpone a otro oficio para vivir, es el de revolucionario el que llena la vida y el otro no es sino algo accesorio.
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